Nacimiento de mulas gemelas en las montañas de Antioquia asombra a veterinarios de Colombia, México y Brasil

2026-08-21 20:27:29 - MUNDO

Aún no amanecía cuando el trabajador de la finca caminaba hacia las pesebreras con los ojos todavía pegados de sueño, pensando en las vacas que tenía que ordeñar. Fue entonces cuando vio el primer destello blanco. Y luego, otro más. No esperaba ver que la yegua Armonía de la sonrisa ya había dado a luz. Mucho menos que eran dos las crías que habían nacido.

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Carlos Emilio Laverde tiene 48 años y lleva 45 de ellos entre caballos. Es profesor de educación física en Urrao, un municipio tan extenso —2.556 kilómetros cuadrados, el segundo más grande de Antioquia después de Mutatá— que hay veredas a las que solo se llega a dos días de camino en mula. En ese territorio, los veterinarios escasean, y Laverde, sin ser uno de ellos, terminó ocupando ese vacío.

Aprendió a inseminar por necesidad, no por vocación profesional. En la pandemia, encerrado con sus yeguas y sin nadie que pudiera atenderlas, empezó a practicar inseminación con su hermano, que sí es veterinario, guiándolo a través del teléfono. Tiempo después compró un ecógrafo. La gente del pueblo se fue enterando y las consultas empezaron a llegar solas, a veces desde fincas a un día de camino.

Fue en ese rol, mitad hobby y mitad oficio informal, que un amigo veterinario de Medellín, Juan Diego Estrada, le pidió el favor de inseminar la yegua Armonía de la sonrisa que ya había fallado un intento por monta natural.

Pero el burro con el que iban a aparearla, llamado Pergamino, vivía al otro lado de un puente peatonal que Laverde describe como peligroso para el traslado de animales. Así que optaron por colectar el semen y hacer la inseminación directamente.

Antes del procedimiento, Laverde revisó los folículos de la yegua con su ecógrafo. Encontró uno, era el tiempo perfecto. En cada ciclo las yeguas maduran solo un folículo dominante, cuando ese folículo alcanza entre 38 y 40 milímetros es momento de inseminar. Laverde vio uno de ese tamaño e hizo el procedimiento. Y ahí, silenciosamente, sin que su ecógrafo —limitado, no profesional— alcanzara a detectarlo, un óvulo se dividió en dos.

Cuando un veterinario diagnostica una gestación gemelar en una yegua, la práctica estándar es eliminar uno de los embriones. No es crueldad, es por supervivencia. Laverde explica que el útero de una yegua no fue diseñado para alimentar a dos crías.

Según datos de la Universidad Estatal de Colorado, los embarazos gemelares representan apenas entre el 1% y el 2% de las gestaciones equinas, y menos del 10% de esos embarazos termina con ambas crías vivas.

Es por esto que la mayoría se resuelve en aborto espontáneo, entre el séptimo y el noveno mes, cuando la placenta ya no logra nutrir a los dos fetos a la vez.

"Es una cosa de 1,5% de posibilidades de que eso se dé y llegue a feliz término. Eso es rarísimo", dice Laverde.

Nadie sabía que esta yegua llevaba dos. El ecógrafo de Laverde no es lo suficientemente potente para hacer el barrido completo que hace un veterinario formado, y él mismo lo reconoce sin rodeos: fue un mal diagnóstico.

Fue ese error por el que los dos embriones sobrevivieron. "Gracias a Dios no lo vi. Yo considero que la vida es maravillosa y estos animalitos nos van a llenar de alegría a todos nosotros".

Pero el riesgo de un parto gemelar no termina en el embarazo. Si ambas crías intentan nacer al mismo tiempo, puede producirse una distocia: desgarros uterinos, arterias rotas, falta de oxígeno.

Es tan delicado que muchos casos documentados en Estados Unidos —como el de los potrillos Lucky y Charm, nacidos en Florida en julio de 2025 con menos de la mitad del peso normal— terminan en cuidados intensivos veterinarios inmediatos, con la madre y las crías bajo observación constante durante semanas.

En Urrao, tan lejos de cualquier clínica veterinaria, un parto complicado habría sido casi imposible de atender a tiempo.

En la finca donde vive la yegua no hay un trabajador permanente durante la noche. Los caballos quedan encerrados, solos, hasta el amanecer. La yegua no tuvo ayuda.

Laverde recuerda que estaba empezando su primera clase del día, a las siete de la mañana, cuando le llegó el video. Dos mulitas, una más grande y otra más pequeña, ya de pie junto a su madre. Mulas gemelas que vinieron del mismo óvulo, dividido en dos y que bautizaron Crispeta y Pimienta.

Hoy cumplen 18 días. Están más grandes, más gordas, corriendo y pastando juntas. Al nacer eran diminutas —"como si dividieran una mula en dos", dice Laverde—, tan pequeñas como cabía esperar de dos cuerpos que compartieron el mismo espacio y los mismos nutrientes durante meses.

Laverde cuenta, con ternura, que la más chica es la más brava: le pega a la grande, le muerde las orejas. La grande se dedica, paciente, a tomar la leche.

Juan Diego Estrada, el veterinario dueño de las mulitas, las revisó hace poco. Están en perfectas condiciones.

Ni Laverde, en 45 años entre caballos, ni ningún veterinario que él conozca en Medellín, había visto algo así. Es, según él, la primera vez que ocurre en todo el municipio de Urrao.

Este hecho tiene sorprendidos a los veterinarios y apasionados del mundo equino de la ciudad, pero también de otros países.

El criador Laverde cuenta que Estrada ha recibido llamadas de personas pidiendo conocer a las mulas, de personas de México y Brasil preguntando por ellas.

La yegua alumbró la noche con dos destellos que nadie vio, pero con un resplandor que se ha extendido más allá de sus fronteras conocidas.

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