Para la celebración de los 250 años de independencia de Estados Unidos, tenemos una pregunta pendiente: ¿comparte México un destino común con EU?

2026-08-11 01:43:29 - MUNDO

El 4 de julio de 2026 comenzó oficialmente la conmemoración del 250 aniversario de la independencia de Estados Unidos. Más allá de la celebración histórica, la fecha invita a responder una pregunta especialmente relevante para quienes vivimos en la frontera: ¿comparten México y Estados Unidos un destino común?

Mi respuesta es sí, aunque la política de ambos países, en ocasiones, parezca empeñada en demostrar lo contrario.

Nací apenas una semana después del bicentenario de Estados Unidos, el 12 de julio de 1976. Aunque no guardo recuerdos de las celebraciones, tiempo después vi fotografías de la restauración de la Estatua de la Libertad y de las monedas conmemorativas de 25 centavos emitidas con motivo de esa histórica fecha.

Mi historia como ciudadano estadounidense comenzó unos años más tarde, cuando empecé a cruzar diariamente la frontera para asistir al kindergarten en Chula Vista, California, mientras vivía con mi familia en Tijuana.

En esos primeros años escolares aprendí el himno nacional de Estados Unidos y el Pledge of Allegiance (Juramento a la Bandera). Fue probablemente la primera vez que entendí que era estadounidense, a pesar de que mi primer idioma era el español. Aquello tenía una peculiaridad.

Mi vida transcurría "del otro lado", como solemos decir los fronterizos cuando hablamos de Estados Unidos. Crecí en Tijuana, hijo de padres chilanagos, cruzando todos los días hacia California para asistir a la escuela. Como toda una generación de niños fronterizos, mi primera frase de cada mañana frente a un oficial migratorio era simplemente: "American citizen". Bastaba con decirlo para que me permitieran el paso.

Con el tiempo descubrí que la identidad es mucho más compleja que un pasaporte o que una declaración de ciudadanía. También entendí que aquella confianza institucional reflejaba una época distinta, en la que la palabra de un niño era suficiente para acreditar su condición migratoria y cruzar la frontera sin mayores cuestionamientos.

Ya en la preparatoria, alrededor de los 15 años, escuché —como muchos jóvenes de mi generación— que al cumplir los 18 tendría que escoger entre una nacionalidad y otra. En aquellos años México todavía no reconocía plenamente la doble nacionalidad y prevalecía la idea de que nadie podía pertenecer jurídicamente a dos países al mismo tiempo.

Durante varios años pensé que mi destino sería conservar la ciudadanía estadounidense y vivir con una identidad profundamente mexicana. Como ocurrió con muchas familias fronterizas, la realidad iba mucho más rápido que las leyes. Nuestra vida cotidiana desafiaba categorías jurídicas que no alcanzaban a describir lo que ocurría en la frontera.

Todo cambió durante la administración del presidente Ernesto Zedillo, cuando la reforma constitucional reconoció el derecho de los mexicanos por nacimiento a conservar su nacionalidad aun cuando adquirieran otra.

Aquella reforma hizo justicia a una realidad que llevaba décadas construyéndose a ambos lados de la frontera y permitió que millones de personas con vínculos familiares, culturales y jurídicos con ambos países dejaran de sentir que debían renunciar a una parte de su identidad para ejercer plenamente la otra.

Para quienes crecimos entre México y Estados Unidos, aquella reforma tuvo un significado mucho más profundo que un cambio constitucional. Confirmó algo que ya sabíamos: la identidad no siempre exige escoger entre un país y otro.

Uno puede sentirse plenamente estadounidense al escuchar The Star-Spangled Banner y, al mismo tiempo, profundamente mexicano cuando suena el Himno Nacional. Se puede celebrar el 4 de julio y también el 16 de septiembre sin que exista contradicción alguna.

Paradójicamente, es cuando uno cruza la frontera cuando más consciente se vuelve de esa doble identidad. En Estados Unidos aparecen los rasgos mexicanos; en México afloran las costumbres estadounidenses. Es precisamente ese contraste el que termina definiendo quién eres, o al menos cómo te sientes al vivir todos los días entre dos países y dos culturas.

Por eso, cuando desde la política se insiste en reducir la relación bilateral a una discusión sobre migración, aranceles, seguridad o narcotráfico, vale la pena recordar que la verdadera relación entre ambos países ocurre todos los días en millones de hogares, empresas, universidades y comunidades fronterizas. Es una relación profundamente humana antes que diplomática.

Hoy esa relación atraviesa uno de sus momentos más complejos. Desde la Casa Blanca han resurgido discursos que privilegian los muros sobre los puentes; la seguridad sobre la integración; el interés nacional sobre la cooperación regional. Temas como la migración, el combate al crimen organizado, los aranceles, el agua, el comercio y la relocalización de empresas dominan la agenda bilateral con una intensidad pocas veces vista en el siglo XXI.

Sin embargo, más allá de las diferencias entre gobiernos, existe una realidad que ningún cambio de administración puede modificar: México y Estados Unidos comparten una frontera de más de tres mil kilómetros, son socios comerciales estratégicos y albergan millones de familias cuya vida cotidiana transcurre entre ambos países. Ningún discurso político puede borrar esos hechos.

Quienes hemos crecido entre las dos naciones entendemos algo que a veces se pierde en Washington o en la Ciudad de México: la relación bilateral no se sostiene únicamente en tratados y cumbres presidenciales. Se sustenta, sobre todo, en las personas. En quienes cruzamos todos los días para estudiar, trabajar, invertir, emprender o simplemente visitar a nuestras familias. En quienes aprendimos a querer dos himnos, dos culturas y dos maneras distintas de entender la libertad, la comunidad, la democracia y la identidad.

Al cumplirse 250 años de la independencia de Estados Unidos, la mejor reflexión no es únicamente sobre el pasado de esa nación, sino sobre el futuro de la relación que será capaz de construir con México.

La grandeza de un país no se mide sólo por el tamaño de su economía, el alcance de su poder militar o la fortaleza de sus instituciones. También se mide por la manera en que trata a sus vecinos, por su capacidad para ejercer un liderazgo que inspire confianza y por la voluntad de construir prosperidad compartida. Después de todo, quienes crecimos diciendo "American Citizen" cada mañana para cruzar la frontera sabemos que, por encima de la política, existe una comunidad binacional que seguirá uniendo a ambos países mucho después de que cambien los presidentes, los congresos y las coyunturas económicas.

Los próximos 250 años de Estados Unidos no se definirán únicamente por la fortaleza de sus instituciones, sino también por la calidad de la relación que sea capaz de construir con México.

*El autor es CEO, The Border Group.

Fuente: google.com
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